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sábado, 12 de noviembre de 2011

Martinez


 Cuando empecé el seminario de escritura ficcional tuve la sensación de que cuatro meses después, cuando hubieramos terminado, mi autoestima iba a estar por el piso debido a las eminencias que iba a encontrar allí dentro. No te metes en un taller de literatura si realmente no te interesa el tema...
Para mi sorpresa la mayoria de mis compañeros solo eran un puñado de snobs (como el profesor - el mismisimo clon de Leo Mattioli) que gustaban de la literatura contemporanea de Fogwill, Copi y Aira.
A un par no los soportaba, se creían tan escritores por el simple hecho de haber participado en algunos concursos o por la facilidad de usar frases como "El tiempo pasaba lento y frio como las rutinarias agujas del reloj. Incesantes. Incansables. Muertas". Eran esos que hacían chistes que inevitablemente terminan con un "Jeje" destinado al profesor que intentaba ser simpatico cuando lo único que pensaba era que eramos todos unos pelotudos.
Otros como yo, simplemente nos quedabamos en silencio sin nada que acotar, solo estudiando el comportamiento de la docena de especímenes que nos rodeaban. Yo no tenía mucha afinidad con ninguno de ahí. Había un aleman que me caía bien, pero mi atención siempre estuvo puesta en Martinez. No por nada en particular sino porque nunca había conocido a alguien así.
Martinez tiene unos veintitantos y recién estaba en el primer año de periodismo porque había estudiado psicología durante tres años. Tétrico. Con su cara de pato, y su constante expresión de argento que toma mates no hablaba durante extensos periodos de tiempo, pero cuando habría su boca vomitaba acciones. Una vez nos quedamos hablando de un cuento de la favorita del profesor que trataba sobre el asesinato de una prostituta, para lo cual Martinez sugirio 7 maneras de llevar acabo el crimen además de diseñar cuidadosamente el perfil psicológico de tres clases de asesino diferente. Hasta narró una escena de sexo desenfrenado y un orgasmo seguido de muerte. Fatal.
Sus ideas siempre estaban entre lo enfemizo y lo ridiculo pero si tenías el tupé de refutarle algo simplemente se limitaba a mirarte con ojos asesinos y puchero de infante.
Siempre me la imaginé un tanto obsesiva, siempre llegaba a la clase con su morral puesto y se sentaba en el banco sin siquiera sacarse la campera y con el morral a upa, tal vez era el colmo de la inseguridad, tal vez hasta escondía un arma ahí.
Desde Julio iba con campera blanca de corderito y ni siquiera se la saco en Noviembre, como llegaba se sentaba aunque después le costaba bastante trabajo ir sacando los apuntes de su bolsito que se negaba a dejar de lado. Vivía masticando chicle de manera pasional y tenía un problema con un mechón de pelo que se pasaba para atrás de la oreja cada 17 segundos inclusive si este se encontraba en el lugar adecuado.
Nunca leí los relatos de Martinez, una vez Leo Mattioli le dijo que era una enferma. Aún hoy tengo miedo de que algún día se revele y nos quiera matar a todos. Por suerte ya no compartimos ninguna clase...